"Las novelas se escriben contra la
literatura"
El
narrador, que publica Los viejos amigos, critica a una generación, la suya, que
se olvidó de la tradición republicana y postergó sus sueños igualitarios cuando
llegó al poder. Además, revisa la idea de literatura social y arremete contra
la cultura como forma de dominación.
Qué podemos hacer para no morirnos de uno en uno?". Con esta pregunta,
que quedó sin respuesta, cerró Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia,
1949) la presentación pública de Los viejos amigos,una novela que retrata
sin clemencia a una generación que cambió el sueño de la revolución por
"las perdices de Zalacaín" y prefirió "curarse con la medicina
del olvido en lugar de aprender con el purgante de la memoria".
PREGUNTA. Su generación
llegó al poder con unas ideas que quedaron en el camino.
RESPUESTA. ¿Al poder? La mitad de mi generación está por ahí alcoholizada,
en los bares, o viendo partidos de fútbol. En La larga
marcha, un personaje dice: "Al poder siempre llegan los peores", porque
llega el que pacta con el gran hermano, en este caso, el grupo que entendió que
lo ineluctable iba a llegar.
P. ¿Por eso se refiere a la transición como una larga
traición?
R. Es lo que descubre Max Aub en los sesenta: no hay dos Españas, sólo hay
una, la otra no existe. Toda aquella enseñanza de la Institución Libre y los
ateneos obreros no nos había llegado. Habían llegado tres poemas de Alberti,
pero no esa manera de ver el mundo que no era el crucifijo y el Cara al sol en las escuelas. Aunque recordar esto es
crear un problema porque se supone que hemos llegado a un acuerdo y ahora
debemos llevarnos civilizadamente. Pero el que ocupó las tierras se quedó con
las tierras ocupadas y el que ocupó la cátedra con la camisa azul se quedó con
ella. Hubo un pacto para no matarse, pero hay que saber que alguien había
perdido.
P. ¿Se abandonó esa memoria?
R. El PSOE se quería ganar a las clases medias provenientes del franquismo,
y esa memoria no le servía para nada... hasta que pierde las elecciones. Cuando
se descubre que el vaso natural de la otra memoria es el PP se quedan sin
referentes porque, como decía Benjamin, la memoria es la apropiación de un
hecho pasado. "¿Y ahora?", se dicen. Y empieza la eclosión de la
novela de la guerra. Surge el problema de la legitimidad.
P. ¿En qué consiste?
R. La cuestión es: ¿usted de quién procede?, ¿en nombre de quién ostenta el
poder? Aznar afirma proceder de ese liberalismo que dice: "En la guerra se
mataron los rojos y los azules. Yo soy el centro e inauguro a Max Aub y a
Lorca", y la Residencia de Estudiantes se convierte en objetivo
privilegiado porque se está saqueando una parte de la memoria que otros han
dejado saquear. Los socialistas se lo hubieran impedido uniéndola a su carro
triunfal, pero no lo hicieron.
P. ¿Sólo "cuando se perdió el poder, se ganó la
memoria"?
R. Sí, se dicen: "Sólo si volvemos a ser los hijos de los republicanos
tenemos algo que ofrecer a nuestros votantes".
P. Usted tampoco escapa a la crítica. ¿Sólo se puede
escribir contra uno mismo?
R. Tus propios libros terminan contándote cosas que no querías oír. Además,
todos mis personajes son yo: egoístas, odiosos, bondadosos...
P. ¿Por qué recurre en Los viejos amigos a una sucesión de monólogos?
R. Porque es una época de dispersión: esa gente vive sola y va a morir
sola. No hay un superyo moral que organice todo
eso. Ni siquiera me valían los diálogos, porque no hay un proyecto común.
P. Pero lo hubo: la revolución, el fantasma de su
novela.
R. Un fantasma idealizado y absurdo.
P. ¿En qué momento se produjo la resignación?
R. Lo he dejado oscuro porque los personajes ven cómo sus proyectos se
degradan. Ninguno hace el trabajo que quería. El escritor vende chalets, el
arquitecto se rinde a su suegro... Hay un momento en el que se acepta la vida
provisional, o sea, no se renuncia a la revolución, pero se dice: "Yo de
momento voy a hacer esto otro". El problema es el "de momento".
P. "Lo que sabíamos iba contra
lo que necesitábamos", escribe. Lo que desactiva la revolución no es la
represión...
R. Es el dinero, el desarrollo.
P. ¿Hay un punto medio entre ser colaboracionista o
marginal?
R. No sé. Éste no es un libro de teoría política. Se trata de que cada uno
se pregunte dónde está. Contar eso, que la vida no se puede vivir
provisionalmente porque uno no se queda embalsamado, sino que se degrada. La
vida es muy corta: crees que estás madurando, y lo que pasa es que te estás
muriendo.
P. ¿Y qué podemos hacer para no dejarnos morir de uno
en uno?
R. Cuando no tienes un proyecto común estás muerto.
P. ¿Por qué?
R. La idea de la muerte se vuelve tremenda cuando no hay continuidad,
cuando morir es un acontecimiento, porque en las edades de oro no se moría:
quedaba la obra, el trabajo.
P. Se dice de usted que es un novelista social.
R. No sé si social. Lo que pasa es que no me gusta que me engañen. A lo
mejor lo que soy es un novelista orgulloso, por ir contra las versiones
oficiales.
P. Eso supone creer que las palabras pueden cambiar
algo, sin embargo, usted sostiene que la literatura es inane.
R. Tengo una sensación rara, porque sospecho de la cultura como forma de
dominación. No como saber más sino como saber más que, como una forma de tapar
la boca al otro. Hemos tomado el poder los de la palabra, y los que realmente
hacen cosas -casas que no se caen, carreteras que no se hunden- son los que
mueven la sociedad, eso sí, al dictado de una serie de señores que nos hemos
apropiado de sus cabezas.
P. También es muy crítico con la literatura
"ligera".
R. Estoy contra la literatura que te deja feliz contigo mismo y pensando
que los demás son menos que tú porque no han leído lo que tú lees, contra la
literatura como sofá y como trono.
P. Otra de sus críticas: el arte por el arte es
"negocio por el negocio".
R. Esa idea viene de Hermann Broch. El arte por el arte es falta de
escrúpulos. Las novelas se escriben siempre contra la literatura, que es lo que
hay, lo establecido.
P. ¿Ve demasiada comodidad en el panorama español?
R. Los escritores que han entrado en los grandes grupos han acabado siendo
iguales, mirando el mundo desde el mismo sitio. A sus columnas les puedes
intercambiar la firma. Hay mucha caridad cristiana, mucho no al chapapote, no a
la guerra, no a Aznar. Todo eso lo doy por supuesto.
P. Tan crítico con "los suyos", ¿no tiene
miedo de que lo llamen conservador?
R. ¿Conservador? ¿Crees que los del PP se tragan este libro?
P. No lo leerán.
R. Ahí voy. Yo escribo para mi público. Con el señor Fraga, que fue
ministro del Interior mientras yo estaba preso en Carabanchel, no tengo ninguna
discusión ideológica que hacer. Intento escribir desde donde creo que se puede
crear, desde mi generación y desde los que vengan por ahí. ¿De qué vamos a
hablar Rato y yo? Tendré que hablar conmigo ¿no?
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