En esta entrevista realizada por La Vanguardia para Clarín.com, el escritor británico habla sobre su última obra, Milenio negro,
de
editorial Minotauro. El derrumbe de la clase media en Europa, los miedos
y el consumismo fueron algunos de los picos en esta charla con el autor
de
Crash y El imperio del sol.
(La Vanguardia para Clarín.com)
—En Milenio negro asistimos a una revolución violenta
protagonizada por la clase media, con un brutal atentado en el
aeropuerto de Heathrow para
empezar. Ésa es una hipótesis extraña. Normalmente, se cree que la
revolución es algo propio del proletariado o de las clases bajas...
—Efectivamente, la gente suele pensar en las clases trabajadoras cuando
oyen el término revolución. En la novela, señalo que la clase media está
empezando a
formar el nuevo proletariado. En el pasado, la clase media disfrutaba de
un salario bastante más alto que el de la clase trabajadora, gozaba de
un estatus social,
y de una educación y formación que le garantizaban una seguridad laboral
para toda su vida. Todo eso se ha derrumbado.
—¿La clase media se derrumba?
—Hoy, sus salarios son a menudo más bajos que los de los trabajadores
industriales. Los maestros, las enfermeras, los funcionarios... ganan
menos que los
mineros del carbón, los trabajadores de la construcción, los fontaneros o
los electricistas. Y no gozan de ningún estatus o reconocimiento, tal
vez alguno muy
reducido en ciertos casos, y mucho menos de seguridad laboral. Pueden
perder sus trabajos a los 50 años y verse obligados a jubilarse a esa
edad, justo lo que
les sucedía a los obreros de antaño. La idea, pues, me vino observando
la posición cambiante de la clase media en los últimos treinta años, el
crecimiento de su
rabia y su sentimiento de derrota.
—¿Cuál ha sido la influencia de los hechos del 11-S en este libro?
—El 11-S introdujo el miedo en nuestra vida cotidiana por primera vez
desde la crisis de los misiles cubanos y la amenaza de guerra nuclear en
los sesenta. Parte
del miedo procede del hecho de que el ataque al World Trade Center no
parece ser nada más que un acto de locura. Ha provocado que Occidente
sea hostil al
mundo musulmán, ha justificado la invasión de Irak y ha ayudado a
reelegir a un presidente de los Estados Unidos que se sitúa en la franja
más derechista
posible. Como dice uno de los personajes de la novela, el sinsentido de
los actos de violencia nos causa un terror especial.
—Habla usted de miedo. ¿Tiene J.G. Ballard miedo de alguna cosa?
—No solamente yo, todos vivimos un nuevo clima de miedo. Afecta a la
totalidad de nuestras vidas, convierte los viajes en algo más
dificultoso, nos hace
sospechar de nuestros vecinos, nos anima a recogernos en el interior de
nuestras casas, nos convierte en obsesos de la seguridad. Eso no es una
buena
atmósfera social. Nos sobrevuelan negros nubarrones de pesimismo.
—En este libro cobra gran fuerza su visión crítica de nuestra vida cotidiana. ¿Era ésa su intención?
—Vivimos tiempos peligrosos. La racionalidad y los argumentos no son
dominantes en la mayor parte del mundo. El mundo musulmán odia a
Occidente, no
confiamos en la mayoría de nuestros políticos, que acuden a los
llamamientos emocionales y a las mentiras para ganarse al electorado
(como Bush y Blair), los
partidos de ultraderecha están conquistando terrenos electorales
importantes y la superpotencia norteamericana puede fácilmente
desestabilizar todo el planeta.
A todo ello se añade que la gente siente que los gobiernos de sus países
ya no tienen el pleno control de sus economías nacionales. Las empresas
multinacionales y el sistema bancario mundial son los que llevan las
riendas, y sólo se rinden cuentas a ellos mismos.
—¿Podría comparar los tres volúmenes de su trilogía?
—Los
tres libros tienen que ver con la
psicopatología de nuestra vida de cada día, con la manera en que la
razón ya no domina los asuntos humanos, y con los sistemas desarreglados
de pensamiento
por los que nos regimos. Las llamadas a la religión y la superstición
(como en Estados Unidos) dominan las decisiones sobre el aborto y la
pena de muerte, y
son utilizadas para justificar la guerra. Quizá nos estamos moviendo
hacia una era de locura total, donde el crimen puede ser usado para dar
energía a una
sociedad (Noches de cocaína),donde la violencia es un estímulo a la creatividad empresarial (Super Cannes),o donde la locura solitaria tiene un
sentido (Milenio negro).El escritor es un arquitecto de sueños,
en ocasiones pesadillas, y el terrorismo es hoy la mayor de las
pesadillas, que puede ser
utilizada por los gobiernos para justificar cualquier tipo de acción.
Lamentablemente, los terroristas saben eso y lo explotan.
—¿Cómo ha evolucionado su estilo desde sus libros iniciales?
—No soy consciente de mi propio estilo, así que permito a los demás que hablen libremente de él.
—Un tema de la novela es el consumismo como esclavitud. ¿Cree que es realmente un peligro importante?
—El consumismo puede convertirse en una especie de droga. Representa
prácticamente la única cultura compartida que tenemos actualmente, el
único vínculo
entre, por ejemplo, los adolescentes de España y de Hong Kong, o los
británicos y los argentinos. La Iglesia, la monarquía, los políticos han
perdido su
autoridad, y las grandes marcas —Nike, BMW, Pepsi, Armani, etcétera—
brillan como estrellas. Les seguimos, como los antiguos hombres sabios
buscando al
mesías.
—¿Cuáles son las afinidades entre la historia de su novela y el caso
real de Jill Dando, la presentadora de televisión británica asesinada en
extrañas
circunstancias en el año 1999?
—Hay muchos parecidos entre el asesinato de Dando y el del presentador
de televisión de Milenio negro. Buscaba un asesinato con escasa
enjundia, y las
celebridades televisivas tienen una amplísima fama insustancial. Hoy por
hoy, nadie sabe realmente quién mató a Dando (incluso la policía está
de acuerdo en
que resulta improbable que Barry George, encarcelado por el crimen, la
haya asesinado). Su muerte podría muy bien haberse producido por ninguna
razón en
concreto.
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