La cultura en Carcelona se convirtió en un departamento del Ayuntamiento cuya principal misión era detectar cualquier atisbo de rebeldía para, una vez localizado, seducirlo y comprarlo, asumiéndolo como propio, convirtiendo a los agitadores, a los innovadores, a los provocadores en pseudónimos funcionarios anestesiados con un buen sueldo a fin de mes. Y es que la clase dominante de Carcelona, las famosas cien familias, discretas pero eficaces, odian el conflicto, lo consideran algo de incultos, de exaltados, de gente sin modales ni educación. Esta clase dominante, convenientemente camuflada de clase media, se ha esforzado durante los últimos treinta años en implementar la dictadura del civismo. Su cruzada ideológica ha consistido en imponer los criterios que definen a un buen ciudadano. Palabras como civismo, ciudadanía, civilidad se fueron incorporando paulatinamente al lenguaje coloquial. Palabras abstractas utilizadas para hacer callar al disidente. Palabras usadas hasta la saciedad para desactivar el conflicto, entendiendo la diferencia como un problema estético. Que sean rebeldes, si quieren, pero en su casa, porque cuando lo son en la calle la ensucian. Que protesten, si no tienen nada mejor que hacer, pero que no tiren los papeles al suelo. Se trata de una manera ingeniosa de manipular porque nunca se discute el fondo sino la forma. En la Carcelona del diseño y de los escaparates la imagen es lo relevante. De ahí la necesidad del civismo, o sea un catálogo de buenas “maneras”: uno para invierno y otro para el verano.
Marc Caellas, Carcelona

No hay comentarios:
Publicar un comentario